En dos números anteriores de la revista y bajo los títulos de ""Viaje de estudios" y "Joven pero golfa", empezamos la publicación de este largo testimonio de un lector que, gracias a albergar en su casa a su sobrina y a la amistad que esta hizo con una hermosa muchacha acabó descubriendo no solo que las dos se entendían en el sentido sexual, no se esperaba lo que iba a ocurrir entre él y la amiga de su sobrina.

Amiga Charo, te recuerdo que soy un hombre de 42 años, soltero, profesional del área de la informática, sevillano de nacimiento pero que actualmente vivo en Brisbane, Australia, y que te contaba como el año pasado mi hermano me mandó a Ana, mi sobrina de 18, para perfeccionar su inglés, viaje que le había prometido desde que ella cumplió 16. La estancia de mi sobrina sería de seis meses y estaría inscrita en un colegio particular aunque no de los más caros de la ciudad, y por supuesto viviría conmigo, haciéndome yo cargo de ella. También te conté como acabé liándome con Sophie y ahora sigo el relato de mi relación con esta guapa, joven y ardiente muchacha.

El sábado muy temprano recibí una llamada de Sophie, me preguntó que si podíamos vernos en el centro de la ciudad como a eso de las 11 de la mañana y yo le contesté que allí estaría sin falta.
Veinte minutos antes de la hora salí en mi coche para encontrarme con Sophie. Ana hacía poco que se había levantado y cuando le pregunté si pensaba salir a algún lado me contestó que esperaría a que Sophie la llamara para ver que planes tenía. Eso me demostró que no sospechaba nada de mis encuentros con su mejor amiga.

A eso de las once menos cinco, me encontré con Sophie en el café que me indicó. Ella estaba tomando un té helado, vestía como era su costumbre, ropa muy sexy, unos pantaloncillos de mezclilla absolutamente entallados, zapatos deportivos sin medias y una blusa color rosa de un material casi transparente y debajo un sujetador de satén que hacía lucir sus pechos erguidos.
Después de hablar un rato sobre temas sin importancia, me dijo que tenía todo el día libre y que lo podía dedicar a complacerme a mí si así lo decidía yo. Le dije que no tenía ningún inconveniente, pero que en casa Ana estaba esperando recibir una llamada suya para planear el fin de semana juntas, sonrió y dijo:

- Pobre Ana, si tú no tienes pensado nada mejor podría llamarla.
- Claro que tengo pensado algo mejor, pero no sé hasta donde estás dispuesta a llegar - le contesté.

Después de lo vivido con ella no creí estar llevando las cosas demasiado lejos y su respuesta me alentó:

- Hasta donde quieras, haz la prueba.
- Esto es lo que estoy pensando - le dije - Todavía no es un plan muy elaborado porque lo estoy haciendo al vuelo.
- Te escucho - dijo.

El plan que le detallé o más bien las ordenes que le di fueron las siguientes:
Con dinero que yo le daría, iría a la farmacia que estaba justo en la acera de enfrente y compraría dos paquetes de condones y una crema lubricante. Si le ofrecían una bolsita para llevar las cosas no la debía aceptar, luego iría al hotel que estaba justo en la siguiente manzana y pediría una habitación. Una vez en la habitación llamaría a mi móvil para decirme el número, luego se recostaría completamente desnuda sobre la cama con las rodillas levantadas y las piernas separadas, tendría, además, que dejar la puerta de la habitación sin seguro. Al oír esto último dudó un poco, me miró a los ojos sin decir palabra, y como por un momento pensé que había ido demasiado lejos, le dije:

- Dijiste que hasta donde yo quisiera, ¿no?, Claro que si no estás segura no importa, puede ser otro día.

Se puso de pie, se guardó el dinero en el bolsillo y cruzó la calle hacia la farmacia. Me resultaba todavía difícil entender por qué esa chica, que con Ana era la mandamás, estaba tan dispuesta a seguir mis ordenes.
Estaba pensando en eso cuando la vi salir de la farmacia con sus compras en la mano, caminando deprisa se dirigió al hotel, la vi entrar y esperé la llamada. Varios minutos transcurrieron hasta que mi móvil sonó. Era ella, me dijo que estaba en la habitación 405, me dirigí al hotel y como en algunos hoteles en Brisbane no dejan que la gente que no está hospedada en ellos llegue más allá de la planta baja, entre despacio y me dirigí hacia el bar, que estaba en el camino a las escaleras en dirección opuesta a los ascensores y resultó fácil subir sin que ningún empleado lo notara.

Llegué a la habitación y abrí la puerta. Allí estaba ella, giró su cabeza a un lado para verme y vi una expresión de alivio reflejada en su rostro, estaba completamente desnuda y en la posición indicada, la ropa desordenada al pie de la cama, el lubricante y los condones en la mesita. Me acerqué y me puse frente a ella, pude ver que tenía el coño completamente afeitado, sus labios inferiores eran de un hermoso color rosa, sus pechos estaban erguidos y sus pezones hinchados. Me desnudé delante de ella, mi pene estaba completamente erecto y duro como una barra, y entonces le dije que tomara un condón de la caja y me lo pusiera. Se acercó, sacó el condón de su empaque y lo desenrolló un poco, lo colocó sobre la punta de la polla y cuando lo iba a empezar a colocar, le dije que no lo hiciera con la mano sino con la boca. Abrió la boca y poco a poco y con esfuerzo pudo ponérmelo por completo en toda la longitud del tronco, entonces le ordené que volviera tomar su posición. Esta vez, sus pies quedaron sobre la orilla de la cama, la tomé de los tobillos y los levanté hasta la altura de mis hombros, esto me daba acceso completo a su coño húmedo y a la arrugada y pequeña estrella de su ano. Empecé a deslizar mi verga en medio de los labios y su respiración comenzó a acelerarse. Después de unas cuantas fricciones y sin más contemplaciones, puse la hinchada cabeza de mi polla en la entrada de su coñito y de una sola estocada se la metí hasta la empuñadura. Sophie emitió un gemido, casi un lamento, cerró los ojos, e intento decir algo, pero le dije:

- ¡Ni una palabra!.

Volvió a cerrar los ojos, se la saqué lentamente y una vez más se la metí dentro en un solo golpe. Esta vez el gemido fue acompañado de un chasquido húmedo, es increíble la forma en que un pasaje tan estrecho puede llegar a expandirse tanto. Los pliegues externos de sus labios se adherían al tronco de mi polla, cuando la metía se combaban hacia dentro y cuando la sacaba salían pegados a la circunferencia de mi pene como tratando de impedir que saliera por completo. Empecé a follarla de la siguiente manera:

Con la cabeza de la polla totalmente fuera del coño le daba una estocada rápida, violenta y hasta el fondo, seguida de cinco embestidas lentas, suaves y sin sacar completamente, luego dos fuertes y violentas seguidas de cuatro suaves y lentas, así hasta que al final eran cinco vergazos fuertes, violentos y hasta el fondo acompañados de sus respectivos gemidos, y volvía a repetir el ciclo.
Cuando mi verga se deslizaba dentro de su vagina lenta y suavemente yo sentía sus músculos interiores contraerse como tratando de ordeñarme el pene. Pronto empezó a mover la cabeza a un lado y otro y solo emitía unos gemidos lánguidos hasta que, de repente, su cadera empezó a moverse violentamente arriba y abajo. Cada vez que mi polla entraba de golpe, Sophie movía su cadera hacia arriba para recibirla más a fondo, su cuerpo empezó a temblar al tiempo que el primer orgasmo la invadía. Poco a poco los espasmos pasaron pero yo no disminuí el ritmo de mis penetraciones aunque era tiempo de cambiar de posición. Le saqué la verga, vi su coño totalmente encharcado, sus pliegues estaban rojos e hinchados y le dije que se diera la vuelta, que pusiera las rodillas en la orilla de la cama, la cara pegada al colchón y los brazos extendidos hacia delante. Obedeció lentamente.

En esta postura ella tenia un aspecto totalmente vulnerable. Me la iba a follar por detrás. Volví a ver el agujero de su pasaje anal de color rosa parduzco, la tomé por las caderas, de nuevo apunte mi verga a la entrada de su coño y una vez más con una violenta estocada se la clavé hasta el fondo. Un chasquido húmedo resonó en la habitación, apretó los puños y un gemido ahogado salió de su boca, volví a aplicar mi técnica de golpes violentos y rápidos combinados con penetraciones lentas y suaves.
Aprovechando los flujos de su corrida, y que se le escurrían por los muslos, le dejé caer un hilillo de saliva sobre el ano y sin dejar de follarla le comencé a dar masaje sobre el borde del culo con el dedo pulgar. Su esfínter palpitaba. Le metí la primera falange del pulgar en el ano y fue como si hubiera oprimido el botón indicado pues todo su cuerpo se convulsionó en un gran orgasmo. Notaba por dentro como sus músculos vaginales se aferraban a mi polla y notaba como su esfínter estrujaba mi dedo.

En ese momento me corrí, empujé mis caderas hacia el frente al tiempo que ella se lanzaba hacia atrás. La penetración no podía ser más profunda, su cuerpo seguía temblando y en ese instante hubiera querido permanecer dentro de ella para siempre, pero después de unos momentos mi erección empezó a perder rigidez, le extraje el dedo del ano y saqué mi polla de su coño, ella se derrumbó sobre la cama y adoptó una posición fetal y se llevó las dos manos a la entrepierna como queriendo proteger sus partes más intimas. Me quité el condón y lo tiré a la alfombra, subí a la cama, le froté la mejilla con la punta de la verga y le dejé un rastro de semen en la cara.

- ¡Límpiamela! - le ordené

Sin abrir los ojos, abrió la boca y le introduje el miembro ahora flácido para que hiciera lo que le había ordenado. Cuando terminó la tomé en mis brazos y la besé en la frente. Así permanecimos varios minutos. Después de unos momentos Sophie abrió los ojos y me miró a la cara, sonreímos y nos volvimos a besar, empezamos a hablar y me confesó que al sentir mi dedo sobre su ano tuvo miedo porque pensó que yo la estaba preparando para penetrarla por el ano y me preguntó:

- ¿Es algo que tú quieres hacer conmigo?.
- Sí - le dije.
- Tengo miedo por lo doloroso que puede resultar - contestó.

La volví a besar y le dije que si se hacía con el cuidado necesario no tenía por que resultar doloroso, que yo había tenido una novia hacía muchos años con la que practicaba el sexo anal regularmente y que de todos modos si ella no quería, no lo haríamos. Por lo menos no hoy, pensé para mis adentros.
Después me contó algo que me sorprendió totalmente. Dijo que a Ana le gustaba el sexo anal y que todo había empezado en Sevilla cuando ella estaba por venirse a Australia. El novio le pidió la clásica prueba de amor y como ella no estaba dispuesta a perder su "cerecita", se negó y entonces el novio le dijo que si lo hacían por el ano ella no resultaría desvirgada, que nadie lo notaria, que no le dolería además de que ambos disfrutarían. Ella accedió y la noche antes de viajar para Australia, según le contó a Sophie, se vieron en casa de él porque los padres no estaban, la llevó a su habitación, la inclinó sobre el escritorio de su computadora, le subió la minifalda, le bajo las pantys hasta que le quedaron enrolladas a la altura de las rodillas y allí, sin más se la folló por el culo. Lo que sigue, pues hay más, os lo contaré en una próxima carta. Saludos y hasta pronto.

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