Sofía es una chica de 18 años, alta y con muchas curvas, muslos y piernas muy bien torneadas y dos montículos duros y tiesos como tetas, de pezón moreno y bastante salido y que vive en Ferrol ciudad. Se lo pasaba muy bien saliendo con sus amigas. Llegaba el carnaval y su intención era disfrutar a tope. La verdad es que lo consiguió.

Amiga Charo, el carnaval de Ferrol estaba lleno de eventos festivos, y naturalmente el más importante era el baile de disfraces. En él se suponía que los hombres iban bien vestidos con esmoquin o similar, y las mujeres iban disfrazadas y con máscara. La finalidad era ver la habilidad de los hombres en descubrir quien era cada una de las mujeres.

En el baile de disfraces de la tarde, Sofía no tuvo razones para quejarse, había bailado con el chico que le gustaba y con sus amigas se rieron mucho de diferentes ocurrencias. Pero todo tiene su fin y al acabar el baile se fueron Sofía y todas sus amigas cada una a su casa. Dicho baile se celebró en viernes y justo al día siguiente, sábado noche, estaba anunciado el baile al que, los padres de Sofía, le habían prohibido asistir, ya que siempre acababa alguien borracho y no deseaban que ella tuviera problemas. Sofía estaba un poco enfadada por eso. Pero como no se conformó, decidió disfrazarse con un traje diferente y asistir al baile prohibido. Estaba segura de que no la reconocerían.

Esa noche de sábado salió, al principio, con sus amigas por los sitios acostumbrados, pero al llegar las 2 se despidió de sus amigas para dirigirse a su casa y emprender el plan que tenía preparado. Nada más llegar se puso el nuevo disfraz y sin perder ni un segundo se dirigió al pabellón donde se celebraba el baile. Según se iba acercando se cruzaba con gente, hombres y mujeres, que iban a pasar también la noche en el pabellón del baile. Nadie la reconocería con el disfraz. Sofía llegó a la entrada todo nerviosa, no tenía que tropezar con ningún imprevisto o le podría dar un colapso nervioso pero nada más pagar la entrada, un poco más y le cae todo el cambio al suelo del temblor que se había apropiado de su cuerpo.

Una vez dentro trató de encontrar alguno de los chicos que conocía o a su padre o a quien fuera conocido y que le sirviera convencerse de que nadie la reconocía. En eso que se cruzó con un hombre mayor, yo mismo, Enrique. El barullo era intenso y los empujes e ir y venir de la gente hicieron que ella y yo nos pegásemos durante unos segundos. Mi salida barriga, propició que le diera un soberbio restregón por todo el cuerpo. Aquella situación me hizo sonreír y le dije:

- ¡Hola!. ¿Te conozco?.

Sofía movió la cabeza de un lado a otro para indicarme que no la conocía. En esto y con todo el atrevimiento, la cogí por la cintura y empecé a bailar con ella de un lado a otro.

- Seguro que sí que te conozco y me estás engañando para decirme mañana que bailaste conmigo.

Sofía no supo que hacer y no tuvo más remedio que bailar conmigo. Yo la mantenía bien cogida por la cintura con mis manos y ella estaba abrazada a mí un poco alejada a causa de mi barriga No supo discernir mi edad pero debía estar pensando que podría ser su padre e incluso su abuelo.

- Va, guapa, quítate esos miedos que no te voy a morder - dije - ¿Te conozco o no?.
- No, no me conoce, ni yo a usted, me llamo Sofía y tengo mucho miedo porque he venido sola al baile.
- Que pena que estés tan asustada porque eres muy guapa.
- No me diga mentiras, ¿cómo va usted a saber que soy guapa si llevo la máscara?.
- Pues no es tan difícil, tu voz y tu forma de moverte y todo me indican que eres una chica guapa. ¿Cuantos años tienes y como es que has venido al baile sola? - pregunté.

Tengo 18 años y he venido sola porque lo he hecho en secreto, nadie sabe que he venido aquí, ni tan solo mis amigas porque si se lo hubiera dicho me habrían puesto a parir. Con la conversación, le iban desapareciendo los temblores de Sofía y ahora estaba en un rincón abrazada a mí como si fuera su padre protector. Mis manos acariciaban ahora los costados de Sofía que, lejos de ponerla nerviosa, le infundían más seguridad.

- Estos bailes se hacen muy aburridos si no conoces a nadie y estás con esos miedos de que nadie te descubra. ¿Qué te parece si nos vamos a dar una vuelta fuera?. Podremos charlar un poco más sosegadamente - la animé - Venga vamos.

Con Sofía cogida de la mano me encaminé hacia la puerta, dispuesto a hacer un poco más ligera la incomoda situación. Una vez fuera y después de dar unos pasos, nos sentamos los dos en uno de los bancos de la avenida.

- ¿Me vas a dejar verte la cara al final?.
- No sé, me es usted totalmente desconocido y ni tan solo sé su nombre.
- Eso tiene fácil solución, me llamo Enrique, pero llámame Quique, como me llama todo el mundo.

Sofía titubeó unos instantes mirando hacia el suelo sin llegar a decidirse y al final dijo:

- Pero, ¿me promete usted que no le dirá a nadie que me ha visto aquí?. Si esto se hiciera publico me castigarían sin salir un año como mínimo.
- Tranquila, soy una de las personas de más confianza que puedas conocer - le dije - Venga, voy a quitarte la máscara.

Acto seguido levanté las manos hacia ambos lados de la máscara y con sumo cuidado le deslicé hacia arriba. Tras contemplar el angelical rostro, con mi mano derecha acaricié su mejilla y le dije:

- Eres preciosa, ¿lo sabes?.
- No diga eso, a usted le parecerán guapas todas las chicas.
- No, no, tú eres especial, tú tienes un "ángel" que pocas tienen. ¿Me dejas darte un beso en la mejilla?.
- Bueno, adelante.

Traté de convertir el simple beso en la mejilla en algo que sintiera diez veces más intenso. Puse una mano en su barriga y otra en su espalda y mientras acariciaba ambos lados me acercó a su mejilla, que empecé a besar tiernamente. Beso tras beso mis labios se iban acercando a los suyos. Estaban casi a tocar, cuando ella apartó la cara. Dejé su cabeza y la abracé transmitiéndole nada más que buenos sentimientos.

Sofía volvió a girar la cara, esta vez hacia mí. Nuestros rostros se acercaron para finalizar juntándose por la parte de los labios dándonos un primer beso más tierno que todos los otros besos que se estaban dando en ese mismo momento en el planeta. Mientras una de mis manos reposaba en su hombro, la otra se metió por dentro del disfraz para acariciar más directamente su estómago, ya no era dueña de sus propios actos, que en ese momento estaban dominados por una sensual posesión que le hacían imitar mis mismos gestos, tales como abrazarme, acariciarme y sacar la lengua de su boca para jugar sin pausa alguna con la mía.

- Sofía, aquí no para de pasar gente, ¿qué te parece si nos vamos allí detrás, dentro del parque y estaremos en un lugar más íntimo?.
- Sí, claro, aquí podría verme algún conocido y decírselo a mis padres y ya la tendríamos liada. Vámonos al parque - accedió.

Se volvió a poner la máscara y nos encaminamos los dos hacia lo más profundo que pudimos del parque, a esas horas, totalmente solitario. Nos detuvimos cuando llegamos a la fuente central, rodeada de bancos, en uno de los cuales nos sentamos para proseguir nuestros magreos.
Le saqué de un tirón el disfraz, quedando vestida solo con un chandal. Ahora había menos impedimentos a que mis manos acariciasen su cuerpo, mientras nos besábamos. Mi mano se metió por debajo de su jersey, levantando también la camiseta y metiéndose por dentro, en contacto con su piel.

- Por favor, ve con cuidado, nunca he estado así con un hombre - me dijo.
- Tranquila, tú sígueme y nada saldrá mal - la tranquilicé - Sácate el jersey.

En un momento se sacó el jersey y estaba aún con los brazos elevados y aprisionados por la prenda, y empecé a comerle el cuello. No pudo hacer nada más que dejar caer el jersey y abrazar mi espalda. Como ella nunca había vivido una experiencia similar, empezó a suspirar sintiendo sensaciones que nunca antes habían pasado por su cuerpo.

- ¡Ooooh... Quique, esto es genial!.

Mis manos acariciaron centímetro a centímetro aquel cuerpo joven y duro. Pasé una mano detrás de su espalda para desabrochar el sujetador y dejar libres esos pechos con la ayuda de los cuales le haría vivir sensaciones inolvidables y me dediqué a estimular el pecho derecho que empecé a besar y amasar a la vez.

- Sácate tú también la ropa - me pidió.
- Te advierto que yo no estoy tan bueno como tú - le dije sonriendo.
- Es igual, yo quiero verte desnudo - insistió
- Vale, guapa, no te diré que no.

Fuera americana y fuera camisa dejando ver que de verdad yo no estoy tan bueno. Tengo una buena barriga. Pero esto no pareció importarle a Sofía que se lanzó a besar mi torso. Me gustaba que una chica me besase el pecho y los pezones.

- Túmbate en el césped - le dije al rato.

Sofía se tumbo en el césped y yo me puse de rodillas sentado a la altura de las rodillas de ella. Me incliné, con alguna dificultad, y le comí el cuello mientras con ambas manos le pellizcaba los pezones. Mi boca fue bajando por su cuello, por los pezones, que chupé, y acabé en su barriguita, que los pantalones no tapaban. Metí las puntas de los dedos dentro del elástico de la cintura del pantalón y fui bajando milímetro a milímetro, sin dejar intacto de beso cualquier pedazo de piel que se asomaba, mientras le iba bajando el pantalón. De pronto le dije:

- Levántate.

Así lo hizo Sofía que también se quedó de rodillas, yo la cogí de la cintura y con mi boca saboreando su pezón izquierdo, le bajé los pantalones. Al igual que antes con los pantalones, ahora metí las puntas de mis dedos dentro de las braguitas y fue moviéndolos frotándole el chochito y parándome de vez en cuando para agarrarle las nalgas. Sofía estaba excitadísima, con los ojos cerrados y la cabeza caída encima de mi hombro y los brazos cruzados a mi espalda para no caerse,. Mis manos fueron al grano y bajaron la braguitas de Sofía, dedicando ahora uno de los dedos a estimular su sexo. Los suspiros llegaban ahora a su máximo apogeo. Entonces las manos de Sofía se dirigieron también a tocar mi entrepierna que, aún con los pantalones, no disimulaba la electrizante erección que soportaba. Entonces me bajé los pantalones y los calzoncillos. Sofía se agachó y con toda la curiosidad de un primer encuentro con una polla, la miró y remiró de lado a lado. La cogió, descapulló, olió y sacó la lengua para probar su sabor.

- Métetela en la boca, ya verás que buena está - la animé.

Sofía besó el capullo y abrió la boca que acabo tragando todo lo que pudo. Un par de minutos estuvo Sofía imitando lo que alguna vez había visto en películas X de su hermano. Se la comía todo, sacaba la lengua y la lamía como si fuera un polo para acabar metiéndose, uno tras otro, mis huevos en la boca.

- Ven aquí - le dije al rato - Túmbate en el césped guapa, que te voy a hacer mujer.
- ¡Pero que dices!. No sé si estoy preparada, nunca lo he hecho - me dijo.
- Ya sé que eres virgen, pero eso no importa, lo que te tienes que quitarte son esos miedos que tenéis las primerizas - sentencié.

Me tumbé en el césped justo delante de la fuente, quedando de espaldas a mí, se sentó encima de cipote.

- Venga, ven aquí y siéntate encima.

Sofía se puso de rodillas encima de mi entrepierna pero doblegó mi polla hacia mí para que no se metiera aún dentro de ella. Mis manos empezaron a acariciar a Sofía, comenzando por la cadera y la barriga y subiendo ambas manos al mismo tiempo hasta coger y amasar sus pechos. Sofía tenía las manos apoyadas en mi barriga de y la mirada perdida hasta que cogió mi erecta polla y se levantó un poco para apuntarla a la entrada de su coño. Con un poco de maña encajó la puntita en la entrada de su aún virgen rajita y trató de volverse a sentar encima de mí, pero esto no era tan fácil porque cuando intentaba sentarse mi pene trataba de entrar dentro de ella. Cogiéndola por la cintura empujé. Había entrado solo un trozo de polla, así que volví a levantar a Sofía y empujé de nuevo.

- ¡Oooh... aaah... para un momento, por favor! - casi gritó.
- Ya está Sofía, ya no eres virgen, mi polla está toda dentro de ti.

Segundos después fue Sofía que lentamente subió y bajó sus caderas haciendo que mi pene transmitiera a su sexo sensaciones que nunca antes había sentido.

- Estate quieta -le dije - Levántate un momento que cambiaremos de posición. Ponte aquí, a cuatro patas y cogida del borde de la fuente.

Cuando la tuve en esta postura cogí su trasero y de un golpe le metí la polla entera en el coño y sin parar se la metía y sacaba sin que ella parara de gemir y suspirar. Salían lágrimas de los ojos de Sofía cuando llegó mi orgasmo. Como medio litro de semen descargué en el interior de Sofía, cuyo sexo cual rezumaba leche. Al acabar me dejé caer en el césped, al igual que ella que se tumbó abrazada a mí.

- Ha sido increíble.
- Claro, cariño, pero no digas nada de esto a nadie y no tendremos problema en repetirlo.
- Me encantará repetirlo mil veces, te quiero, me has convertido en una mujer.

Fue una velada magnífica y que, efectivamente, hemos seguido repitiendo. Saludos y felicidades por las revistas.

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