Llegó a Miami Playa al mediodía y se dirigió a la agencia para recoger las llaves del apartamento que había alquilado para aquel fin de semana. Por fin iba a reunirse con Cristina después de cuatro meses de llamadas y mensajes vía móvil. Era el momento de hacer realidad sus deseos.

Me dirigí al apartamento y allí procedí a deshacer la bolsa de viaje colocando todo en el inmenso armario empotrado del dormitorio. A continuación, fui a buscar algo de comida, volví de la compra una hora más tarde y una vez guardado todo fui en busca de Cristina. Descendí por una empinada escalinata y fui dirección al camping donde estaba mi amiga, a un kilómetro más o menos. Entré en el camping, me dirigí al bar y al llegar allí la vi. Estaba en una plaza con sus amigos jugando con un balón. Cuando levantó la vista me reconoció y unos minutos más tarde, Cristina entró en el local, se dirigió a la mesa y se sentó. Al principio nuestra conversación fue bastante incoherente, pues ambos estábamos muy nerviosos, pero, pasado un rato probé a sacar un tema más "picante" para relajarla.

Cristina reaccionó a las "puñaladas" y a las invitaciones y estuvimos un buen rato bromeando e intercambiando mensajes obscenos. Yo ya me había relajado tanto, que el efecto del intercambio "picante" estaba haciendo que mi miembro creciese y se endureciese por momentos pero entonces apareció un amigo de Cris e interrumpió nuestro diálogo, porque si no hubiese tenido que salir del bar con una tremenda erección. Un poco más tarde mi amiga anunció que tenía que ir a ducharse para a continuación cenar con su familia. Nos despedimos después de quedar en ir a verme después de la cena. Casi una hora y media más tarde entraba, en la verja del mini-jardín, vestida con una camiseta gris con un cuello muy amplio que le quedaba bastante ceñida, lo cual daba la oportunidad de imaginar como eran sus pechos y un pantalón negro también muy ajustado aunque con los bajos muy amplios al estilo de los años sesenta y setenta, debajo los cuales pude vislumbrar, cuando tuve ocasión, el tanguita que llevaba.

Cuando entró me dio un abrazo acompañado de unos besos en las mejillas y un tercero muy breve en los labios. A continuación se separó de mí y se dedicó, mientras yo cerraba las ventanas del salón para evitar miradas curiosas, a explorar el salón-cocina. Luego yo abrí la puerta del dormitorio en el que había hecho unos "arreglitos". Había juntado las camas en un rincón dejando al lado la mesilla sobre la que había colocado un par de velas bajas encerradas en unos tarritos de cristal y que despedían un olor a canela. Había, también, otra media docena de idénticas velitas desperdigadas por el suelo. Cogiéndole la mano, le llevé de vuelta a la cocina y una vez allí le ofrecí una cerveza y nos sentamos en el sofá charlando de cosas triviales. Cuando terminamos las cervezas, me levanté a por otras y al volver le pregunté si quería que las tomásemos en la habitación a la luz de las velas. Un poco nerviosa me contestó que le parecía perfecto.

Al entrar, Cristina se dirigió a la mesilla para dejar el vaso y yo me situé detrás de ella para hacer lo mismo. A la vez que dejaba el vaso, la abracé desde atrás y le besé suavemente en el cuello. Sus manos se posaron sobre las mías mientras recorrían su cintura y sus caderas, al mismo tiempo que, mis labios exploraban su cuello lentamente con besos cortos y suaves. Aquello parecía gustarle, pues echaba la cabeza hacia atrás y otras veces hacia delante como queriendo esquivar o entregarse al mismo tiempo a las sensaciones que le producían mis besos. Mis manos, junto con las suyas, seguían recorriendo sus caderas y los laterales de su trasero que oscilaba restregándose contra mí, como intentando palpar mi entrepierna que rápidamente había engordado y endurecido debido a ese roce. Poco a poco mi boca y mi lengua fueron desplazándose por su cuello hacia arriba hasta llegar a sus orejas, que mordisqueé y exploré, mientras, mis manos ascendían desde sus caderas hasta sus pechos levantándolos para poder observar mejor desde atrás su volumen.

Entretanto, Cristina, que suspiraba y gemía cada vez más profundamente, asía mis caderas con sus manos apretándome contra su culito que, con el roce, había conseguido que mi miembro se desarrollase por completo adquiriendo tal dureza y, al mismo tiempo tal calor, que empezaba a quemarme. Yo seguía acariciando sus pechos contorneando sus endurecidos pezones por encima de la camiseta y besando, lamiendo y mordisqueando sus orejas y su cuello con suavidad y lentitud. Aquello pareció contagiar a mi chica, cuyas manos rápidamente abandonaron mi cintura y mi trasero para palpar mi entrepierna por encima de los pantalones. Incapaz de contenerme, extraje la camiseta de la cintura del pantalón y, tras levantarle los brazos, se la quité en un santiamén tirándola sobre la cama. Me quedé entonces durante unos segundos contemplando desde atrás aquel escote con aquellos dos pechos presos en el sujetador. Entonces, la separé un poco de mí y le bajé lentamente los tirantes y a continuación, con la destreza de un experto le desabroché el cierre en menos de un segundo y le despojé del sostén. Pude observar entonces aquellos pequeños pezones que apuntaban hacia arriba endurecidos.

Lentamente ayudé a Cristina a volverse. Entonces, ella dio un paso hacia atrás, se sentó a los pies de la cama y agarrándome de la goma del pantalón me arrastró hacia ella al tiempo que separaba las piernas para que yo me colocase entre ellas. Cuando lo hice, una de sus manos comenzó a desabrochar el primer botón mientras la otra descendía palpando mi bulto. Cuando terminó, sin dejar de mirarme, me soltó el pantalón, que cayó al suelo en un instante dejando al aire mi palpitante virilidad apuntando hacia arriba a la altura de su cara. Aproveché para despojarme yo también de la camiseta, durante lo cual sus manos ascendieron a lo largo de mis piernas hasta las ingles. A continuación y lentamente, juntó ambas manos alrededor de mi ansioso miembro y sin dejar de mirarme, propinó un suave beso en la punta del glande. Luego, tras dedicarme una sonrisa traviesa, dio un lento lametazo de abajo arriba a lo largo del frenillo con la punta de la lengua. No pude evitar emitir un ronco gemido que pareció animar a mi jovencísima amante pues, acto seguido, recorrió con los labios entreabiertos chupando todo el miembro a ambos lados hasta que finalmente se lo introdujo en la boca.

Gustosamente me hubiera corrido en ese momento disparando mi tibio chorro en la boca de Cristina, llenándosela de semen, pero tanto ella como la ocasión merecían algo más romántico, así que suavemente le aparté la cabeza de mi entrepierna y me arrodillé frente a ella con mi polla palpitando por las atenciones recibidas. Dulcemente, rodeé sus mejillas con mis manos y la atraje hacia mí posando mis labios sobre los suyos. Repetí el mismo beso dos o tres veces notando la respuesta de Cris, que abría ligeramente la boca para invitar a mi lengua a jugar con la suya.
Entretanto, sus manos buscaban otra vez mi polla. Sin embargo, yo quería que reservase su ansia para cuando le hiciera el amor, así que me agaché aún más para besarle los pechos recorriendo también con la lengua la base de éstos y evitando así que ella pudiera tocar mi miembro.

Seguí recreándome en los suaves y redondeados senos de Cristina durante unos minutos. Luego me incorporé para besarla una vez y le empujé suavemente invitándola que se tumbara en la cama sin moverse del sitio. Una vez que se hubo tumbado, comencé a besar su vientre, mientras con una mano desabrochaba su pantalón y bajaba su cremallera. Al hacerlo, levanté la cabeza y miré a Cristina para ver si ponía alguna objeción. Cuando ésta me miró no vi ningún signo de reproche, así que continué besando su vientre bajando poco a poco.

Lentamente, empecé a bajarle el pantalón, tarea un poco difícil debido a lo ajustado que le quedaba, sin dejar de besarla en las caderas y en los muslos. Cuando conseguí bajárselo hasta los tobillos, le quité los zapatos y le despojé de los pantalones. Entonces le separé las piernas y le besé en la entrepierna sobre el bonito y excitante tanga negro, lo qué provocó un gemido. Me desplacé y comencé a besar y lamer alternativamente parte interior de los muslos cerca de la rodilla subiendo hacia su monte de Venus. Al llegar allí, introduje el dedo índice de mi mano derecha bajo el tanga a la altura de la ingle y lo desplacé hacia un lado dejando al descubierto el coñito de Cristina, totalmente depilado a petición mía, y empapado por los jugos que emergían de su vagina y que brillaban gracias al reflejo de las velas. Me quedé contemplándolo durante unos instantes, maravillado, ya que, además de ser algo precioso, era la primera vez que tenía delante de mí un coñito depilado. Entonces le separé los labios y le di una serie de lentos lametazos a lo largo de la rajita, lo que provocó nuevos gemido, esta vez más audibles. Aquello parecía volver loca a Cristina, que se agitaba gimiendo y suspirando. Yo no sabía si ella se había corrido o estaba a punto de hacerlo, pero estaba dispuesto a que lo hiciera, así que seguí deleitándola con mis caricias. Al cabo de unos minutos abandoné su coñito y fui subiendo hasta que mi miembro se situó frente a la entrada de su vagina.

Poco a poco, empecé a penetrarla. Sentía cómo la punta de mi cipote era recibido por los labios inferiores de Cris como si de un abrazo se tratase. Era realmente algo muy sensual; me daba la sensación de que no era mi polla la que penetraba, sino que era la vagina de mi dulce amante la que lo absorbía lentamente. La sensación de humedad era deliciosa, y contribuía a que mi miembro pareciese engordar y endurecer aún más; de hecho en ese momento era incapaz de recordar una erección como aquella. Cristina y yo seguíamos enzarzados en un apasionado beso en el que nuestras lenguas chocaban entre sí mientras jugueteaban en el interior de nuestras bocas.

Cogí las manos de Cris y se las llevé por encima de su cabeza aprisionándola al mismo tiempo que iba penetrando cada vez más en su cuerpo. Ella separó aún más las piernas para facilitar mi entrada, rodeándome con ellas; entonces empujé hasta introducir completamente mi miembro. Cris dejo de besarme y echó la cabeza hacia atrás emitiendo un largo y profundo gemido. Yo también dejé escapar un ronco rugido de placer mientras mantenía la presión como si quisiera llegar al final de aquel húmedo y estrecho túnel que abrazaba mi virilidad. En el rostro de Cris se dibujó una pequeña mueca de dolor e intentó separarme de ella para evitar la presión. Lentamente fui retrocediendo hasta dejar solamente el capullo alojado en el interior de mi niña. A continuación volví a penetrarla, esta vez de golpe. Liberé sus manos, que se aferraron a mi trasero; yo me incorporé ligeramente apoyándome sobre los codos, sin dejar de besar y mordisquear sus labios, su barbilla, y su cuello. Seguí penetrándola mientras me movía en círculos para que mi hambrienta y polla explorara cada milímetro y cada rincón de su vagina, al principio lentamente, para ir incrementando el ritmo paulatinamente. Al cabo de un rato, mis jadeos eran cada vez más audibles y se mezclaban con nuestros gemidos y suspiros.

Era imposible intentar reducir el ritmo, nuestro apetito era voraz e insaciable. Nuestros cuerpos se agitaban, perfectamente acoplados; éramos carne y ansia. Nuestras bocas besaban, lamían y mordían con avidez, desbocadas, recorriendo nuestros respectivos rostros, cuellos, pechos. El sudor impregnaba nuestros cuerpos, calientes, ardientes, húmedos, brillando irregularmente a la luz de las velas. Al cabo de un rato sentí la inconfundible sensación que precede al clímax. Entre jadeos pregunté a Cristina si podía correrme dentro de ella y me respondió afirmativamente. Entonces me incorporé apoyándome en los brazos extendidos, eché la cabeza hacia atrás, embestí furiosamente contra el coñito de mi joven amante y me corrí descargando mi blanca y tibia esencia en su interior. Aquella sensación de placer era tan fuerte que mi cabeza se agitaba desbocada, mientras un profundo rugido que emergía de mi interior quemaba mi garganta. Lentamente recobré el control y me desplomé sobre Cristina que jadeaba, agotada al igual que yo. Fue una historia maravillosa.

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