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Querida Charo, tengo 40 años y me casé con mi mujer a los
37 y que en ese entonces ella tenía 20. Mi mujer tiene un cuerpo
espectacular y es la tentación de muchos hombres. A los pocos meses
de casado descubrí que me ponía los cuernos con el administrador
de la empresa donde ella trabajaba y cuando me lo confesó tras
indagarla por detalles que sobresalían, lejos de enojarme, esa
noche le eché el polvo más rico de mi vida. Noche tras noche
me contaba detalles de los encuentros que había tenido con su amante,
lo que me calentaba a tal punto que me la follaba con lujuria y como ella
se daba cuenta de que no solo no me molestaba sino que me excitaba, comenzó
a salir con el administrador asiduamente aunque no sin antes decirme que
esa noche volvería tarde, lo que ya me ponía a mil. Eran varios en la oficina que requerían sus favores y ella los fue satisfaciendo, relatándome por las noches los apasionados encuentros hasta que una noche, en plena calentura, le pedí que se quedase preñada de alguno de ellos, el que más le gustara. - Si así lo quieres, cariño te daré ese gusto, hay
uno que me gusta muchísimo. Me estampó un beso de lengua y acariciándome la frente me dijo: - ¡Ay que marido cornudo divino que tengo!. Calculo que en diez días entro en mis días fértiles, ¿así qué me dejas ir?. Él es soltero, es majísimo y tiene casa en la playa, así que si se lo insinúo seguro me lleva. Caliente como un perro, le eché dos polvos hermosos y ella, imaginándose
seguramente en brazos de aquel muchacho, tuvo repetidos orgasmos. Los
días siguientes para asegurarme que no quedara preñada de
mí, hicimos el sexo oral, aunque no era lo que más me apetecía. Mi mujer vino de esas vacaciones embarazada pues a los pocos días
comenzó a sentir las nauseas consabidas, y yo, acariciándole
la pancita, era el cornudo más feliz del mundo. El embarazo de
ella fue el período más excitante y feliz de nuestro matrimonio,
incluso para ella porque se sentía libre y feliz de tener amante
y marido consentido. Todos los días su amante la traía de
la oficina y frente a mi ventana se prodigaban besos incendiarios, sabedora
ella que eso me excitaba. Incluso llegó un momento en que, por
razones de trabajo, él venía a nuestra casa y así
entablamos cierta amistad. Fue así que una tarde, pretextando una
urgencia, los dejé solos diciéndoles que volvería
tarde por la noche lo que aprovechó ella para llevarlo al dormitorio
y follar apasionadamente. Entraron cogidos de la mano, ella con un picardías y él con el torso desnudo. Sentada en la cama ella le quitó los pantalones y comenzó a chuparle la polla, luego él la montó y la penetró en una forma furiosa comenzando a bombear en forma vertiginosa y ella, mirando hacia el armario me sonreía como diciéndome: ¿te gusta?. Luego le tocó el turno al culo. Ella boca abajo alzó su culo para la embestida del macho que sacaba y ponía, sacaba y ponía y entre estertores y gemidos de ella, el muchacho arrojó en el orificio dos o tres chorros larguísimos que provocaron que el semen cayera por las nalgas hasta empapar las sábanas. Cuando él se retiró yo, en medio de las sábanas mojadas, me la follé ansiosamente. Cuando la panza de mi mujer comenzó a hacerse notoria el joven se hizo habitual pues mi mujer le dijo que el bebé era de él y que yo lo consentía. Varias veces ella lo besó en mi presencia como asegurándole que nada temiera e incluso él besaba la panza de mi mujer mientras ella me miraba. Ni que habla decir como se me ponía la verga. Una noche después de cenar y tras besarlo delante de mí, ella lo llevó al dormitorio, diciéndome: - Voy a mostrar a Santiago - así se llamaba - el collar nuevo que me regalaste. Guiñándome un ojo se lo llevó de la cintura y me hizo shss con un dedo en los labios. - Id, tranquilos - yo les dije en medio de una calentura como nunca había sentido, por el desparpajo de ambos, pero sobre todo del muchacho que se sentía dueño de mi mujer. Todo me provocaba una inmensa excitación y no veía la hora de que terminaran para continuar yo la faena. Cuando al cabo bajaron al living, mi mujer lo hizo envuelta en una bata transparente que dejaba casi afuera los senos y el vello púbico trasluciéndose. Ella fue a la cocina para preparar algo sustancioso y Santiago se sentó en un sofá y habiéndose percatado definitivamente que yo consentía sus encuentros me dijo: - ¡Que mujer tienes!. Mi mujer vino enseguida trayendo licores y confituras y sentada en medio de los dos nos ponía cosas dulces en la boca y tras eso un beso a cada uno. - Mis amores - susurró - ¿Estáis contentos?. Después que nació el bebé, como al mes, Santiago se instaló en mi casa y se hizo dueño de mi dormitorio. El amamantar al bebé hizo crecer en forma descomunal los pechos de mi mujer para solaz del muchacho que gozaba viéndolos. Él llevaba el bebé junto al lecho donde estaba mi mujer para que lo amamantara y luego de colocarlo en la cunita se entregaban a los brazos uno del otro. Yo, las más de las veces volvía tarde e iba a mi nuevo dormitorio donde ella prontamente me visitaba. Yo le preguntaba si habían hecho el amor y si así era le echaba dos ricos polvos. Si no lo habían hecho no se erguía mi verga. No podía follar a mi mujer si antes no lo había hecho ella con otro. Una noche entrando a mi dormitorio ella me dijo: - No te quedes allí, ven a compartir la cama, ¿no quieres?.
A veces me dormía de inmediato y a los pocos minutos sentía
el crujir del colchón y me despertaba en medio de gemidos. Inmediatamente
mi verga respondía y cuando él terminaba seguía yo.
Otras veces entre ambos lográbamos llevarla al cielo muchísimas
veces en la noche. Así transcurren actualmente los días. Yo esperando ansioso la llegada tardía de mi esposa, completamente excitado y con ansias de aspirar el perfume de semen que siempre trae. Saludos a los lectores y besos a Charo. | |||||||||||||||
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