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Hola Charo y amigos de la revista, quiero contaros una aventura que tuve
este verano pasado, y es la única forma que tengo de desahogarme,
ya que no se lo he contado a nadie por vergüenza. Me llamo Ángela, tengo 32 años muy bien llevados, digo muy bien llevados porque gusto mucho a los hombres, lo noto por sus miradas, piropos y amabilidad con la que me tratan. Soy morena con pelo largo 1,68, con muy llamativos pechos y un espléndido trasero, según me decían los novios que tuve de soltera o me dice mi marido. La verdad es que me cuido bastante. Suelo mantener mi línea haciendo
mucho ejercicio y cuidando mi dieta alimenticia, con lo que mi bonito
cuerpo y cara, como he dicho antes, llama la atención. Últimamente siempre que íbamos estaba Enrique, un dentista
separado que vive en el chalet de enfrente, era muy amigo, además
de vecinos de mis primos y como no, también amigo nuestro con lo
que si salíamos a cenar o a tomar algo, casi siempre venía
con todos nosotros. Es un poco salido ya que nos cuenta experiencias que ha tenido con muchísimas mujeres en el transcurso de su vida y no sé si por vacilarnos o por la confianza que tenia con nosotros. Cuando le daba por hablar de sexo, decía que se había acostado con unas trescientas mujeres y que volvió a acostarse con ellas cada vez que las veía. También nos comentaba que muy pocos hombres follaban como él lo hacía, ya que, al poseer unos grandes y colgantes testículos daba mayor placer a la mujer al golpear con ellos en sus partes íntimas. Según él, era un gran especialista en hacer feliz a una mujer en la cama, con lo que mi primo y mi marido se picaban con él sin poder contar estos sus batallitas al estar nosotras delante. También nos comentaba que la penetración anal era muy placentera.
Nos dejaba boquiabiertos con las cosas que nos decía, pero bueno,
Enrique es así y dentro de su picardía era muy buena persona.
Era serio cuando había que serlo y extrovertido y chistoso cuando
la ocasión lo requería. Lo que sí te puedo decir es que cada vez que me hablaba de sexo
a mí personalmente, me excitaba y cuando me piropeaba intentaba
excitarle yo a él mostrándole de cerca el escote de mi vestido,
haciéndole algún jueguecito de lengua o estando boca abajo
tomando el sol, me desabrochaba el bikini con lo que él decía
que le ponía a mil. Mis primos se fueron a acostar ya que él, además de estar también un poco bebido, estaba cansado y tenía que levantarse muy temprano por asuntos de trabajo. Me imagino que también tenían ganas de echar un polvo. En el porche del chalet nos quedamos Enrique, mi marido dormido y yo. Hablamos de todo un poco, él me hablaba de unas colecciones de máscaras y figuras muy bonitas que poseé y nos invitó a verlas en su casa. Intenté despertar a mi marido dándole pequeñas golpecitos en la cara, pero él no quería, dijo que estaba muy cómodo en la hamaca. Como insistíamos, nos dijo que fuéramos nosotros a verlas. Las ganas y curiosidad que yo tenía de contemplar esas bonitas joyas, como él las denominaba, hizo que fuéramos a su chalet los dos solos, aunque la verdad yo quería que viniera mi marido. Al entrar, empezó a piropearme diciéndome lo bonita que estaba, me decía que era un encanto y la suerte que tenía mi marido de poder disfrutar de semejante hembra. Me estaba sonrojando, pero también me estaba excitando. Mientras me enseñaba sus "joyas", pasaba disimuladamente su mano por la cintura. Cada vez que notaba el calor que desprendían, sentía escalofríos. Al final me invitó a una copa y manoseándome el trasero y la cintura me dijo claramente: - Tú me gustas mucho desde que te conocí y estoy deseando follarte. Estaba muy excitada, le dejaba que me metiera mano y que me restregara su abultado paquete contra mi culo. Tenía una polla enorme y muy tiesa. No podía evitarlo, se me estaban mojando las bragas. - Quiero hacerte una reina, nunca vas a disfrutar tanto del sexo como conmigo. Sentándome en un taburete que había en el recibidor, se bajó la bragueta y me mostró su gran miembro. Era realmente enorme. Ninguno de los novios o chicos con los que estuve, incluido mi marido, la tenían tan grande. Vamos, era una hermosura. Entonces me dijo que disfrutara y jugara con ella ya que todos los días no iba a tener la oportunidad de tener a meno ese gran miembro viril. Y eso hice, empecé a masturbarla con las dos manos muy despacito viendo como su capullo entraba y salía de esa carne tan jugosa haciéndola aún más grande de lo que ya era. Me llamaba mucho la atención esa polla, me gustaba y así
estuve hasta que sus manos cogieron mi, indicando que quería que
se la mamara. Yo no quería, ya que siempre me había dado
un poco de asco hacer aquello y tampoco se lo había hecho a mi
marido pero, me convenció, mientras me decía que me iba
a encantar. Al rato me llevó a su habitación y desnudándome, me tocaba, degustaba y miraba mis pechos de una forma voraz diciéndome que como podía haber perdido tanto tiempo sin ver mis espléndidos pechos y me pedía por favor el topless en la piscina en sucesivas ocasiones. Su lengua inundaba mi boca, sus labios mordían los míos. Le agarré la polla como pude y nos fundimos en guarro y caliente morreo. Tenía ganas de que me follara, pero me tumbó en la cama y empezó a comerme toda. Me lamía las piernas, el ombligo y la parte interior de los muslos. Estaba tan caliente que notaba como de mi chocho fluían chorros de placer. Entonces, se dedico a "trabajarme" el chocho. ¡Vaya lengua tenía!. Nunca me lo habían comido de aquella forma. Me lamía el clítoris lentamente, y de vez en cuando metía su lengua dentro de mi caliente raja, al tercer o cuarto lametazo y gritando le dije que iba a corredme. En todos los años que llevaba con mi marido, no habia tenido un orgasmo tan placentero como aquel. Enrique insistió, y conseguí correrme tres veces más. Cuando me tranquilicé un poco, lo tumbe a el en la cama y le hice una buena mamada. Cuando ya la tenía dura, me puse encima de él, y me folle como una loca. Enrique me embestía con tanta fuerza, que mis grades tetas se balanceaban sin parar. Después, cambió de posición, se puso encima de mí y mientras me follaba, sentía como esos colgantes huevos golpeaban en mi culo y piernas. Entonces me dijo que le masturbara y que se la chupara, y mientras me
comía su polla se corrió en mis labios, boca y barbilla
pudiendo degustar esa rica leche. Cuando le dije que iba a correrme, paro, me puso a cuatro patas, y mientras
con una mano me tocaba el clítoris, con la otra, acompañaba
su enorme capullo hacia mi agujerito virgen. A la mañana siguiente, estando en la piscina, me animé a ponerme en topless, cosa que a mi marido no le sentó ni bien ni mal, solo era cuestión de acostumbrarse. Besos. | |||||||||||||||
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