Aprovechaban los puentes y los fines de semana para ir a un chalet que tenían sus primos en la sierra. Tenían un vecino que se llamaba Enrique, y aunque era mayorcito, era atractivo y muy morboso. Solía contarles sus "estadísticas" de las mujeres que se había follado y también les contaba que cuando una mujer estaba con él, nunca lo olvidaba. Nuestra amiga Angela lo escuchaba embobada y reconoce que a veces se ponia cachonda escuchándolo.

Hola Charo y amigos de la revista, quiero contaros una aventura que tuve este verano pasado, y es la única forma que tengo de desahogarme, ya que no se lo he contado a nadie por vergüenza.
Mi marido compra regularmente la revista y le echo un vistazo de vez en cuando. Cuando leo los relatos de algunas mujeres y hombres me pongo cachonda y en una de esas "calenturas", me animé a serle infiel y también me animé a contaros mi historia.

Me llamo Ángela, tengo 32 años muy bien llevados, digo muy bien llevados porque gusto mucho a los hombres, lo noto por sus miradas, piropos y amabilidad con la que me tratan. Soy morena con pelo largo 1,68, con muy llamativos pechos y un espléndido trasero, según me decían los novios que tuve de soltera o me dice mi marido.

La verdad es que me cuido bastante. Suelo mantener mi línea haciendo mucho ejercicio y cuidando mi dieta alimenticia, con lo que mi bonito cuerpo y cara, como he dicho antes, llama la atención.
Algunos fines de semana o puentes, mi marido y yo vamos a visitar a unos primos míos que poseen un bonito chalet en la sierra. Nos bañamos en la piscina y pasamos muy buenos ratos charlando, jugando a las cartas, viendo cine o escuchando música con ellos.

Últimamente siempre que íbamos estaba Enrique, un dentista separado que vive en el chalet de enfrente, era muy amigo, además de vecinos de mis primos y como no, también amigo nuestro con lo que si salíamos a cenar o a tomar algo, casi siempre venía con todos nosotros.
Enrique es un hombre mayor que todos nosotros, ronda los 50 años, pero por su actitud y por la forma de follar, parece ser mucho más joven. Es un hombre muy velludo, parece un oso, muy macho y con barriguita cervecera por lo que, siempre en plan jovial, nos metemos con él.

Es un poco salido ya que nos cuenta experiencias que ha tenido con muchísimas mujeres en el transcurso de su vida y no sé si por vacilarnos o por la confianza que tenia con nosotros. Cuando le daba por hablar de sexo, decía que se había acostado con unas trescientas mujeres y que volvió a acostarse con ellas cada vez que las veía. También nos comentaba que muy pocos hombres follaban como él lo hacía, ya que, al poseer unos grandes y colgantes testículos daba mayor placer a la mujer al golpear con ellos en sus partes íntimas. Según él, era un gran especialista en hacer feliz a una mujer en la cama, con lo que mi primo y mi marido se picaban con él sin poder contar estos sus batallitas al estar nosotras delante.

También nos comentaba que la penetración anal era muy placentera. Nos dejaba boquiabiertos con las cosas que nos decía, pero bueno, Enrique es así y dentro de su picardía era muy buena persona. Era serio cuando había que serlo y extrovertido y chistoso cuando la ocasión lo requería.
A mí, a solas, me piropeaba y me decía que por qué no me ponía en topless cuando tomaba el sol en la piscina, que además de ser guapa loiba a estar más todavía. Yo le contestaba que me daba vergüenza y que mi marido no me iba a dejar.

Lo que sí te puedo decir es que cada vez que me hablaba de sexo a mí personalmente, me excitaba y cuando me piropeaba intentaba excitarle yo a él mostrándole de cerca el escote de mi vestido, haciéndole algún jueguecito de lengua o estando boca abajo tomando el sol, me desabrochaba el bikini con lo que él decía que le ponía a mil.
Una noche de un fin de semana ellos veían un partido de fútbol y yo, con mi prima, preparaba la cena. Los hombres, no paraban de beber y discutir sobre el partido y durante la cena siguieron bebiendo. Mi marido estaba un poco "colocado", ya que no está muy acostumbrado a ingerir tanto alcohol, además, para rematarlo, tomaron unas copitas después del café, aquello lo "tumbó" y se quedó dormido en la hamaca.

Mis primos se fueron a acostar ya que él, además de estar también un poco bebido, estaba cansado y tenía que levantarse muy temprano por asuntos de trabajo. Me imagino que también tenían ganas de echar un polvo. En el porche del chalet nos quedamos Enrique, mi marido dormido y yo. Hablamos de todo un poco, él me hablaba de unas colecciones de máscaras y figuras muy bonitas que poseé y nos invitó a verlas en su casa. Intenté despertar a mi marido dándole pequeñas golpecitos en la cara, pero él no quería, dijo que estaba muy cómodo en la hamaca. Como insistíamos, nos dijo que fuéramos nosotros a verlas. Las ganas y curiosidad que yo tenía de contemplar esas bonitas joyas, como él las denominaba, hizo que fuéramos a su chalet los dos solos, aunque la verdad yo quería que viniera mi marido.

Al entrar, empezó a piropearme diciéndome lo bonita que estaba, me decía que era un encanto y la suerte que tenía mi marido de poder disfrutar de semejante hembra. Me estaba sonrojando, pero también me estaba excitando. Mientras me enseñaba sus "joyas", pasaba disimuladamente su mano por la cintura. Cada vez que notaba el calor que desprendían, sentía escalofríos. Al final me invitó a una copa y manoseándome el trasero y la cintura me dijo claramente:

- Tú me gustas mucho desde que te conocí y estoy deseando follarte.

Estaba muy excitada, le dejaba que me metiera mano y que me restregara su abultado paquete contra mi culo. Tenía una polla enorme y muy tiesa. No podía evitarlo, se me estaban mojando las bragas.

- Quiero hacerte una reina, nunca vas a disfrutar tanto del sexo como conmigo.

Sentándome en un taburete que había en el recibidor, se bajó la bragueta y me mostró su gran miembro. Era realmente enorme. Ninguno de los novios o chicos con los que estuve, incluido mi marido, la tenían tan grande. Vamos, era una hermosura. Entonces me dijo que disfrutara y jugara con ella ya que todos los días no iba a tener la oportunidad de tener a meno ese gran miembro viril. Y eso hice, empecé a masturbarla con las dos manos muy despacito viendo como su capullo entraba y salía de esa carne tan jugosa haciéndola aún más grande de lo que ya era.

Me llamaba mucho la atención esa polla, me gustaba y así estuve hasta que sus manos cogieron mi, indicando que quería que se la mamara. Yo no quería, ya que siempre me había dado un poco de asco hacer aquello y tampoco se lo había hecho a mi marido pero, me convenció, mientras me decía que me iba a encantar.
Empecé a jugar con mi lengua y labios como si estos quisieran descubrir que era eso. Mientras él me indicaba como debía hacérselo, se mordisqueaba los labios por el placer que le ofrecía.
Le gustaba que yo le mirase a la cara mientras que mis manos, boca y lengua lo chupaban y lamían. Enrique tenia los ojos cerrados y entre susurros me decía que lo hacia muy bien. Me estaba empezando a gustar sentirme un putón.

Al rato me llevó a su habitación y desnudándome, me tocaba, degustaba y miraba mis pechos de una forma voraz diciéndome que como podía haber perdido tanto tiempo sin ver mis espléndidos pechos y me pedía por favor el topless en la piscina en sucesivas ocasiones. Su lengua inundaba mi boca, sus labios mordían los míos. Le agarré la polla como pude y nos fundimos en guarro y caliente morreo.

Tenía ganas de que me follara, pero me tumbó en la cama y empezó a comerme toda. Me lamía las piernas, el ombligo y la parte interior de los muslos. Estaba tan caliente que notaba como de mi chocho fluían chorros de placer. Entonces, se dedico a "trabajarme" el chocho. ¡Vaya lengua tenía!. Nunca me lo habían comido de aquella forma. Me lamía el clítoris lentamente, y de vez en cuando metía su lengua dentro de mi caliente raja, al tercer o cuarto lametazo y gritando le dije que iba a corredme. En todos los años que llevaba con mi marido, no habia tenido un orgasmo tan placentero como aquel. Enrique insistió, y conseguí correrme tres veces más. Cuando me tranquilicé un poco, lo tumbe a el en la cama y le hice una buena mamada. Cuando ya la tenía dura, me puse encima de él, y me folle como una loca. Enrique me embestía con tanta fuerza, que mis grades tetas se balanceaban sin parar. Después, cambió de posición, se puso encima de mí y mientras me follaba, sentía como esos colgantes huevos golpeaban en mi culo y piernas.

Entonces me dijo que le masturbara y que se la chupara, y mientras me comía su polla se corrió en mis labios, boca y barbilla pudiendo degustar esa rica leche.
Descansamos un ratito, y me dijo que quería darme por el culo. Le dije que no, nunca lo había hecho y no quería sentir dolor. Enrique insistió, decía que él era un experto y que al final me gustaría.
Me tumbó en la cama e iniciamos un satisfactorio 69. Me gustaba chuparle la polla a aquel hombre, sentir como crecía en mi boca me ponia cachonda. Además, Enrique era un experto comedor de chochos y me estaba poniendo a mil. Me lubricaba el ano y noto como, muy despacito, me metía primero un dedo en el culo y luego otro.

Cuando le dije que iba a correrme, paro, me puso a cuatro patas, y mientras con una mano me tocaba el clítoris, con la otra, acompañaba su enorme capullo hacia mi agujerito virgen.
Cuando me metió aquella cabezota gorda en mi ano, lancé un grito desgarrador, pero cuando me llegó el orgasmo, aprovecho para de un solo golpe, metérmela hasta el fondo. Empezó a follarme el culo, y entre espasmos se corrió dentro de mí. Tenia razón, disfrute como una guarra.
Nerviosa, me vestí enseguida, estaba avergonzada, pero él me tranquilizaba prometiéndome que aquello seria un secreto entre los dos. Me dejó asombrada que un hombre de esa edad diera tanto placer y aguante sexual a una joven como yo. Me regaló un piercing de brillantes muy bonito, valorado en mucho dinero, para mi ombligo y dio la casualidad de que mi prima llevaba uno puesto exactamente igual que el mío. Aquello me dio que pensar. Llegamos al chalet de mis primos, mi marido aún dormía con lo que le desperté y mientras Enrique se despedía, llevé a la cama a mi marido y dándome una buena ducha me fui a acostar. No veas como dormí, dormí como una reina.

A la mañana siguiente, estando en la piscina, me animé a ponerme en topless, cosa que a mi marido no le sentó ni bien ni mal, solo era cuestión de acostumbrarse. Besos.

  volver al menú