Algunos fines de semana y en las vacaciones, suelen ir la torre de sus suegros. En algunas ocasiones, coinciden con una tía de su mujer. Debe tener unos 45 años, bien conservada, delgadas y con unas bonitas tetas. A veces, cuando se encontraban en la cocina, aprovechaba para rozarle su hermoso culo, aunque era una "broma", notaba como su polla no pensaba lo mismo.

Mi nombre es Andrés, amiga Charo, tengo 40 años, estoy casado y lo que os voy a contar pasó hará unos años, durante el mes de Julio, que es cuando cojo las vacaciones.
Aquel año decidimos irnos a pasar quince días al chalet que tienen los tíos de mi mujer en un pueblecito de la Costa Brava y durante una semana coincidimos con una prima lejana de los tíos, una mujer que tenía más o menos mi edad. Allí lo pasamos bien, comemos a gusto y el día transcurre con mucha tranquilidad. Estos días que comento, una tía de mi mujer, que tiene cerca de los 45 años, es una mujer del montón, ni fea ni guapa, pero se conserva muy bien para la edad que tiene. Está flaquita y tiene unas tetas bien bonitas y bastante grandes. Hace tiempo, cuando tenía ocasión y me cruzaba con ella, solía rozarle el culo o las caderas. Eso me excitaba mucho pero la verdad es que hacía tiempo que eso ya no ocurría.

Hace algunas semanas, sin embargo, volvimos a vernos en este chalet y mientras estuvo cocinando le pedí amablemente que se apartara un poquito para poder coger unos cubiertos, al hacerlo puse ambas manos sobre su cadera y la empujé muy suavemente a un lado, ella me sonrió y me guiñó un ojo, lo cual me hizo recordar aquellos roces de hacía tanto tiempo. Ese día se había puesto un vestido playero muy mono, "para estar fresquita", decía ella, yo la veía impresionante con ese trozo de tela.
Al cabo de unos días, la encontré por la calle cargada con la compra y la ayudé a llevarla a su casa. Mientras andábamos hacia su casa, le comenté las típicas chorradas del tiempo, de cuanto hacía que no nos veíamos y esas cosas por el estilo, hasta que, finalmente me atreví a decirle que cada vez estaba más.

- Estabas guapísima el otro día con ese vestido para estar más fresquita, se te veía fantástica - le dije.
- Gracias, lo importante era ir bien fresquita, es que últimamente hace un calor tremendo - contestó sonriendo.
- Sí, es verdad - respondí - A ver si te lo pones más, que me gustó muchísimo.
- Ya vi cómo me mirabas, bribón - dijo.
- Sí, bueno, pero no debes extrañarte, seguro que muchos te miraron.

La conversación siguió con otras tonterías tópicas y típicas hasta que llegamos a su casa, donde estaba uno de sus hijos, a quien saludé con toda naturalidad, y luego me fui.
Hace un par de semanas ella volvió de vacaciones, se habían cogido las dos primeras semanas de agosto para ir al pueblo, a Málaga, y al volver fuimos todos al chalet para comer, hablar de las vacaciones y esas cosas.

Al cabo de un ratito de estar allí, Rosa, que así se llama la tía de mi mujer, dijo que iba a ponerse fresquita, guiñándome un ojo disimuladamente. Juro que el corazón me dio un vuelco y efectivamente, al cabo de un ratito apareció con el vestidito de marras, ese vestido que me pone tanto. Le devolví el guiño a lo que ella me respondió con una sonrisa. Yo estaba empezando a ver las cosas claras.
Cuando fue la hora de poner la mesa, igual que la semana anterior, me acerqué y le pedí suavemente que se apartara para poder coger unos cubiertos, pero esta vez le puse las manos un poco más abajo de las caderas e hice un poco de presión.

Me encantó sentir sus carnes. Ella echó la cabeza hacia detrás y noté su tensión pero no supe si podría hacer algo más aunque, como se suele decir, "de perdidos al río", cuando ya había cogido los cubiertos la abracé por detrás a la altura de la barriga, me apreté contra ella y le dije suavemente al oído:

- Gracias por el vestidito...

La cara con la que me miró me puso cachondo y ya no podía disimular la erección. Cada vez que tenía que entrar o salir de la cocina le rozaba el culo, pero esta vez con ganas, con toda la palma de la mano.
La comida transcurrió sin más y al acabar fueron las mujeres a lavar los platos. Al acabarlos fue la hora de hacer el café y eso lo hacemos habitualmente los hombres, pero mi suegro y el tío de mi mujer estaban en otros quehaceres, así que a regañadientes fui a hacer el café y allí estaba ella sola.
Cuando entré la abracé con fuerza y le di un beso maravilloso, pasional.

Ella me cogía de la cabeza metiendo los dedos entre mi pelo. Entonces le bajé un tirantito del vestido y un pecho fantástico apareció ante mí. Lo toqué y me pareció maravillosamente suave. Acerqué mi boca y empecé a chupar la aureola y el pezón con destreza, pero como ella empezó a gemir demasiado fuerte, le dije que no hiciera ruido.

- ¡No puedo, que me tienes a mil! - respondió.

Pero como vi que iba a ser demasiado escandalosa la dejé de momento, además, los demás estaban bastante cerca como para oírnos si hacía demasiado ruido, la volví a acercar a mi abrazándola por detrás apretando y magreando su bonito culo, y de momento lo dejamos así, cosa que no le gustó mucho, pero no quedaba más remedio. Y además había que hacer el café.
Más avanzada la tarde las cosas se tranquilizaron, algunos echaban la siesta, otros habían acompañado a los niños a la piscina de la urbanización y yo leía el periódico tranquilamente. Mi suegro jugaba fuera de la casa, con su hermano y un par de amigos, al domino, por lo que aproveché la situación.

- Voy al lavabo, ahora vengo - dije.

Entré por la cocina y lo primero que hice fue levantar aquel vestido. Le toqué el culo con toda la pasión del mundo y empecé a amasar aquellos pechos tan fantásticos. Oíamos los comentarios del dominó, pero estábamos en nuestro mundo de placer desenfrenado. Ella se giró, dobló sus rodillas y sacó mi miembro que ya estaba a mil. De hecho, llevaba así toda la tarde. Primero fueron unos simples lengüetazos, pero enseguida se la tragó entera.

- ¡Ooooh… que postre más maravilloso! - exclamó.

Yo estaba a punto de reventar y ella seguía con la maravillosa mamada, yo no quería correrme en su boca, al menos no la primera vez, pero no pude contenerme. Le dije que me iba, pero ella, en vez de apartarse, se aferró más a mis nalgas y me dejé llevar, corriéndome en su boca abundantemente, sin que ella dejase escapar nada. Cuando acabó de limpiarme me dijo que se tenía que ir al lavabo y allí quedé yo, pasmado, con mi sexo limpio, flácido y temblando por lo que acababa de pasar.
Cuando acabó del lavabo yo ya me estaba reponiendo sentado tranquilamente en una silla de la cocina. Ella abrió la nevera y en ese momento yo aproveché para cogerla nuevamente de las tetas. Ahora sí que iba a ser mi momento. Volví a subir el vestido de marras hasta la cintura y aparté un poco las bragas. Yo volvía a estar duro como una roca y se la fui poniendo en su entrada, notando sus jadeos, pero ahora todo importaba muy poco. Sentía su calor y su olor a excitación y cuando la tuve en la entrada de su coño apreté más fuerte.

Dejó escapar un grito ahogado y me empezó a apretar fuertemente una nalga y a cada embestida mía apretaba un poco más fuerte. Al poco se puso de cara a la ventana hacia fuera, con lo que podríamos ver si venía alguien, y seguí bombeando notando como ella iba haciendo más fuerza con sus movimientos, y también como su espalda se iba arqueando, señal de que faltaba muy poco para el orgasmo. Mis manos no dejaban de amasar aquellos maravillosos pechos y aquella cadera que tanto adoraba. Ella abría sus carnes con una mano mientras con la otra volvía a apretarme una nalga fuertemente. Me estaba dejando marcadas las uñas, pero me volvía loco esa sensación. Era maravillosa. Le besaba el cuello, le pasaba las manos por el pelo y luego volví a sus pezones. Cada vez que tocaba su clítoris notaba cómo se estremecían sus piernas y brazos. Finalmente, no aguanté más y descargué por completo dentro de ella. Cuando lo hice noté como ella también llegaba al clímax por sus tremendas convulsiones. Percibí cómo su piel se erizaba y sus pezones se volvían más duros si cabe.
Había echado la cabeza hacia atrás de manera que le podía acariciar el cuello. Los flujos nos resbalaban a ambos por las piernas y entonces nos dimos la vuelta, nos abrazamos y besamos apasionadamente. Yo tocaba su entrepierna suavemente, lo cual seguía produciéndole pequeños espasmos irregulares, mientras ella me acariciaba el sexo suavemente, arriba y abajo. Había sido maravilloso.

De pronto notamos como se enfadaban los jugadores de dominó y como uno de ellos se levantaba. Ella miró de reojo por la ventana, me dio un beso en la boca y me dijo:

- ¡Corre, vete al lavabo!.

Yo fui corriendo al lavabo y me adecenté un poco. Cuando bajé todo estaba en orden. No había pasado nada, pero la semana siguiente volvimos a ir todos a la casa y fue mejor aún. Saludos.

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